Juzgando a Lance Armstrong | La Ciudad Deportiva

Lance Armstrong

Steve Prefontaine, un carismático corredor norteamericano, quien no fue exitoso ganando campeonatos mundiales o medallas olímpicas para su país en las categorías de 5 y 10 mil metros en las que se especializaba, pero quien fue famoso por su corta estatura (atípica para esas disciplinas) y su actitud competitiva, hasta llamada terquedad.

Prefontaine luchó su corta vida contra el pesimismo y frente a quienes le decían que su sueño era imposible. Pero su espíritu competitivo fue mayor y llegó a ser un atleta de alto rendimiento.

“A veces tienes que preguntarte qué es lo que estás haciendo ahí afuera. Con los años, me he preguntado cientos de veces mi razón para seguir corriendo, y siempre regreso al origen. Todo se reduce a la autosatisfacción y a un sentido de logro”, dijo una vez.

Y sí, ¿qué atleta profesional, competitivo, dedicado enteramente, no sentiría esa necesidad? ¿Pueden imaginar el sacrificio que representa toda una vida dedicada al perfeccionamiento del cuerpo y mente para conseguir una victoria deportiva? Y que, pese a eso no sea suficiente…

Y me refiero a atletas profesionales, no jugadores de futbol mexicano, a los que he visto beber cerveza como cualquier otra persona normal, comer con descuido o quejarse y negarse al trabajo en el gimnasio. A quienes he visto no calentar sólo por actitud y prepotencia. No, un atleta profesional, un deportista de alto rendimiento no puede darse ese lujo, y muchas veces no les basta.

No pretendo ni por un momento justificar acciones como las de Lance Armstrong, quien negó repetidas ocasiones su uso de sustancias ilegales para mejorar su rendimiento. No. En absoluto. Pero sí busco expresar lo que para mí es un entendimiento válido de sus razones.

Van hasta donde sea, hasta donde tengan que, hasta donde sea necesario para ganar, para lograr esa satisfacción personal. Además, de ello viven, de ello alimentan a sus familias, de ello dependen. Así como todos nosotros de alguna otra cosa. Encuentran la forma de dar un poco más. Y el mundo a su alrededor se los exige. La competitividad es cada vez mayor, las exigencias de la industria más grandes y fuertes. Se les exige ser mejores, saltar más alto, ser más rápidos, más fuertes.

Aún nada de esto justifica la trampa, cierto. Recordemos de nuevo, no estamos buscando hacerlo, sólo entenderla. Sus patrocinadores exigen más, sus patrones, sus fans, sus compañeros, y finalmente ellos mismos. Y no sólo eso, todos, todos los anteriores mencionados y más, les celebran las victorias, las agradecen, las comparten, las hacen suyas y sacan algún provecho de ellas. La victoria de cada atleta profesional significa el beneficio (de alguna forma) de algún tercero. Por ello pocas veces cuestionan la forma en cómo lo hizo. Háganlo ahora, pregúntense ¿quién en sus equipos, cuál de sus jugadores favoritos, quienes les hayan dado una alegría, de quien porten el número, a quien le hayan pedido autógrafo, habrá ganado empleando o favoreciéndose de forma ilegal, inmoral, antideportiva?

Lyle Alzado, un emblemático y extraordinario jugador de futbol americano, de los primeros atletas profesionales en admitir el uso de esteroides dijo en una emotiva entrevista en su último año de vida: “Noventa por ciento de los atletas que conozco están metidos en drogas. No nacimos pesando 140 kg o saltando 9.1 m. Pero todo el tiempo que tomé esteroides, supe que me hacían jugar mejor”.

Noventa por ciento. Noventa por ciento. Michael Vick rompió el código de conducta de todo jugador de la NFL y llevó además a cabo actos ilegales, penados. Es el primer jugador en la historia de la NFL en firmar dos veces un contrato de más de nueve cifras. Este martes pasado los Santos de New Orleans reinstauraron a su entrenador en jefe Sean Payton, quien fue suspendido por el escándalo descubierto de ofrecer a sus jugadores dinero extra por lesionar a rivales… una de las acciones más antideportivas que puede ocurrírseme. Payton es el entrenador mejor pagado en toda institución deportiva en los EUA. Dos ejemplos nada más de entre muchos.

Luego entonces, ¿debemos ser tan duros con Armstrong, cuando somos parte, quienes estamos involucrados con el deporte, así sea como fans, de una exigencia cada vez mayor, no cuestionamos irregularidades o las dejamos pasar fácilmente? El deporte hoy no es más una sana competencia, es un negocio, un gran negocio. ¿Debe entonces juzgarse como un deporte? Y no piensen sólo en las más escandalosas situaciones, como drogas prohibidas, sino en el resto de actividades “menores”, pero igualmente ilegales, poco éticas, antideportivas, deshonrosas, etc., que se dan en el deporte, constantemente.

No juzguen más allá, de nuevo vean simplemente su propio círculo. ¿Qué han tolerado a su propio equipo de futbol? ¿Qué han justificado a su jugador favorito, qué hizo su directiva que ya olvidaron, los árbitros, comentaristas, su afición? ¿Qué tanto han sido parte del negocio? Respondan sólo a ustedes con honestidad, y juzguen luego y ahora sí a Armstrong, por buscar ganar ante todo y haciendo de todo; y cualquiera que sea su resolución, sepan que están siendo parte del juego.

* Publicado originalmente el 23 de enero, 2013 en La Ciudad Deportiva.

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