¿Cuándo se vale el plagio? | Revista Merca2.0

El escándalo de Sealatiel Alatriste, vergüenza para la UNAM por más que el rector haya querido minimizarlo o separarlo, siendo evidenciado por plagio tras ganar el Premio Javier Villaurrutia (otorgado por escritores) es una gran oportunidad para considerar lo volátil de esta circunstancia y su curioso significado.

Así como Alatriste no negó la copia de un texto y dijo “en su defensa” que no era plagio, sino sólo su estilo impreso, para toda persona de sentido común está claro que plagió; más allá de comparar los textos. Si escuchan una canción cuyas notas parezcan idénticas a otra, la reacción en nosotros casi siempre será negativa. Pero no siempre es así, el plagio a veces se vale, ¿cómo? Simplemente reproduciendo sin adjudicarse autoría, justamente el error de Alatriste, adjudicarse la originalidad del texto, una obra literaria es única, la idea de un verso, la idea de fondo, redacción y lingüística, etc., son características conjuntas que hacen única a una pieza literaria. A diferencia del deporte, en donde la creación de alguien puede ser simplemente una herramienta descubierta para quien pueda reproducirla.

La publicidad constantemente nos entrega plagios, sólo que muchas veces no la vemos. Pero si analizan por ejemplo este spot del equipo América realizado por Alazraki contra este anterior la Selección de  Argentina; el guión está “tropicalizado” y adaptado, pero hasta el ritmo se denota similar, y resulta absurdo que un spot cuyo mensaje refiere a la esencia del equipo sea retomado de otro.

Quién sabe, quizá fue tan sólo una coincidencia. Ahora, no creo que sea siempre malo, simplemente creo que es algo muy delicado y debe tratarse con excesivo respeto.

En el deporte, en una cancha la copia incluso puede ser un logro. La creatividad y espontaneidad siempre se agradecen, siempre. Pero no solamente por quien inventa una jugada, sino por todo quien la imita y lleva a cabo, o incluso le agrega algo. Se aplaude el talento con el cual pueden hacer ese “plagio”. Claro, nadie quien haga una chilena se adjudicará su creación hoy en día. En gimnasia por ejemplo, sucede como en otro arte, la danza, en donde incluso una creación original es un reto a llevar a cabo con perfección por un ejecutante, incluso a modificar abiertamente y “crear” algo nuevo.

La diferencia tampoco es el momento, en la literatura no se puede copiar algo exacto sólo porque se ubica en otro texto en otra época ¿verdad? En el deporte ciertamente sí, pero igual, sin autoría, han existido casos de robo o plagio de jugadas e incluso en esos casos no se equipara, pues aunque se invente una jugada, no se puede registrar para que ningún otro equipo la utilice. Circunstancias diferentes, pero la falta de ética es igual. También es una muestra del talento, opuesto totalmente al caso Alatriste. Quien sea capaz de llevar a cabo una rabona, una chilena, estará dejando clara su calidad. Quien sólo pueda decir “No lo niego, pero no es plagio” todo lo contrario.

Alatriste se habrá sentido entrenador de futbol quizá, pero al menos fue acusado con sustento. Por eso supongo, nadie ha acusado de plagio a Gabriel García Marquez, ni considerado que su novela “100 Años de Soledad” es una copia de “Pedro Páramo”, como yo lo creo. Su libro tiene sin duda estilo, pero en mi opinión sólo re-escribió su propia versión. Vio la jugada y pidió a sus personajes ejecutarla. La publicidad puede retomar ideas, incluso comprar guiones y adaptar. La administración de negocios puede replicar sistemas, estrategias, procesos. Si una idea nos enamora y queremos replicarla o adaptarla para algo nuestro, local, contemporáneo, ¿qué hacer?

Pese al ejemplo del América, creo que es válido, pero no creo que tenga nada de malo decirlo, hasta buscarlo. En ello radica la diferencia entre plagio e influencia o inspiración. Y en cada uno, como individuos o empresas estará bien definido el límite y la diferencia. Disney por ejemplo utilizó abiertamente historias del “dominio público” como base para desarrollar algunas de sus películas. En 1981 Georges Harrison perdió una demanda por copiar “inconscientemente” la melodía para su canción “My Sweet lord”. Todo está en el cómo, en el para qué. Reutilicen, rediseñen, mejoren, hagan un remix, pero no roben o plagien. Ustedes saben la diferencia.

* Publicado originalmente el Miércoles 7 de Marzo, 2012 en Revista Merca2.0.

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