DECENTENARIO 2010

Si lo mexicano es naco y lo mexicano es chido
Entonces verdad de dios… todo o naco es chido

Botellita de jerez

Yo no cumplo doscientos años este mes de septiembre. Tampoco cien. Aunque sí, soy mexicano, orgulloso de serlo y hasta enamorado de mi país, pero  también consciente y responsable.

No soy el vendedor de paletas del parque. Tampoco el guarura del empresario. No soy el patriota que se avienta envuelto en una bandera, ni el futbolista que gana más que cualquier maestro. No soy solidaridad o egoísmo, no soy de izquierda ni derecha. No soy católico ni agnóstico. No soy narco, ni soldado, no soy un santo ni un ejemplo cívico. Tampoco cineasta, fotógrafo, escritor alternativo o DJ. No soy una joven promesa ni el ejecutivo emprendedor. No soy periodista de ideales, mercadólogo creativo, director con futuro. No estoy obligado a festejar ni me siento comprometido.

En los años que he vivido aquí, he visto a México adolecer de crisis económicas, magnicidios, complots, fraudes, violencia en crecimiento, corrupción, impunidad, políticos cínicos, ciudadanos egoístas y cobardes, criminales sádicos, líderes de opinión irresponsables que no reciben ningún castigo, empresarios sin escrúpulos, y todo rol de la sociedad ejecutado contra sus principios, sin recibir nunca castigo alguno. Todos ellos mexicanos.

Por supuesto, hace unos días recibí mi bandera, himno y carta firmada por el presidente. Un documento ofensivo de inicio a fin. Empezaba recordando al presidente Fox y su muy venida a menos frase de “Mexicanas y mexicanos”. ¿Esta gente es idiota? ¿Prefieren por razones de imagen caer tan bajo, a respetar el mínimo de vergüenza que todavía nos queda como sociedad?

Doscientos años de una independencia que sólo ha permitido a otros, repartirse la riqueza que antes se repartían los conquistadores. Doscientos años en los que la sociedad ha permitido les roben y ha traicionado a sus compatriotas, tal y como lo hicieron entre sí siglos atrás ayudando a los conquistadores.

Cien años de aquí no pasa nada. De perfeccionar un sistema alrededor de la corrupción. Cien años de consolarse con el beneficio a corto plazo. Cien años de saber perfectamente qué es lo que pasa y qué se puede cambiar.

Lo vemos en cada uno de nosotros, en nuestros hijos, hermanos, padres y madres. Y no hacemos nada. Somos el festejo que merecemos, somos el país que liberamos y el estado que conformamos. Somos estos doscientos y cien años, todos ellos, completos y siempre en partes. México ha sido siempre una nación de conquistados y conquistadores, lo sigue siendo cada día en la calle, en el metro, en las oficinas, escuelas y hogares.

México no ha mostrado nunca vergüenza. Deshonesta y sin dignidad, somos una nación indecente. Perfectible y detallista, hermosa y festiva, en el fondo noble, pero adicta a esa profundidad. Y pese a que solía pensar que cada cien años sucede algo importante aquí, doscientos años sin decencia, ¿valen la pena festejar?

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